DOS CAMARADAS
Félix E. Vázquez León
Aquel día comenzó gris y gélido, como si el alba
quisiera corroborar con su amarga estampa la tragedia que se avecinaba.
El cielo también quería colaborar en reflejar el
dramático presagio, cubierto y nuboso, apenas dejaba pasar unos livianos rayos
que formaban cárdenas estrías de color en los nimboestratos. Apenas algún ave
solitaria se aventuraba a sobrevolar aquel paisaje donde la ausencia de viento
acrecentaba más la tensión electrizante del aire.
El terreno era duro, volcánico, formado por basaltos
y gneis del Jurásico. En las cercanas montañas
se divisaban las nieves del incipiente invierno que hundían sus raíces
en las escarpadas rocas.La vegetación, pobre, se escondía en zonas donde los
detritus de las rocas eran menos densos, sólo se distinguían aisladas masas
verdes pobladas por musgos, ,jaras y matorral bajo entremezclados con algunos
árboles de especies caducifolias.
En esta situación y ambiente se encuentran dos
grupos armados enemigos que de un
momento a otro se espera que entren en combate. En uno y otro bando se observan
a los hombres moverse guiados por una fuerza que se podría calificar de
sobrehumana. Sus patéticos cuerpos aparecían delirantes, semiescondidos en las
trincheras, sus pómulos salientes
bastaban para sellar en su rostro una expresión fantasmagórica de hambre, sed y
odio.
La quietud de los atrincherados sólo era
interrumpida de vez en cuando por algún mensajero que corría raudo o de algún
vehículo que audazmente se aventuraba a
ponerse a tiro de las líneas enemigas para abastecer a los observadores
avanzados.
No existía actividad palpable en aquellas masas de
hombres que pronto iban a enfrentarse con la muerte.
Una vaguada dividía ambos bandos, por ella discurría
un arroyuelo cuyas cristalinas aguas acogían a algunos pajarillos que iban a
beber en su lecho, sin sospechar que iban a ser inocentes espectadores de un
episodio fatal.
En uno de los bandos se encuentra el cabo Pedro
Claramonte, un chico de veintidós años que se encontraba cursando estudios de
arquitectura cuando estalló la guerra.
Pedro, al igual que sus compañeros, espera de un
momento a otro la voz firme de su jefe ordenando el ataque. Hasta ahora había
sido un hombre pacífico y sencillo, dedicado a sus estudios, nunca le interesó
la política ni se había involucrado en actividades sindicales o revueltas
estudiantiles. Siempre había tenido Pedro un carácter alegre y extrovertido,
pero en los dos años que llevaba en campaña se había transformado en un
individuo taciturno y reservado, sobre todo a partir del día que recibió la
noticia trágica de la muerte de sus padres en un bombardeo. Sus ideas acerca de
la vida y de la muerte, del bien y del
mal habían sufrido un giro radical; su vitalismo exacerbado se trocaba en
pensamientos derrotistas, la larga
guerra había hecho mella en su mente y en su alma, actuaba mecánicamente,
siguiendo siempre las mismas consignas.
Se estremecía
imaginando si volvería a ver de nuevo el mundo que dejó: su ciudad, sus
amigos... a veces se cernían sobre él
perplejos impulsos de ánimo mezclados con vagas ilusiones que embargaban su
espíritu pero que se desvanecían al momento, sucumbiendo de nuevo en una nube
de soledad, perdiendo la mirada cansina y
triste en el horizonte.
Recordaba cálidamente a sus amigos de la infancia,
de la niñez vivida en un clima de paz y felicidad, también se le empañaba la
mente con el grácil recuerdo de su prometida que esperaba siguiera con vida.
De repente una voz viva y poderosa penetró como un
estilete en sus oídos, violando sus pensamientos; era la voz del capitán
ordenando el asalto, automáticamente una horda salvaje y autómata respondió sin
reparos, saltando de las trincheras dominados por una histeria colectiva que
vomitaba gritos de odio y venganza.
Al instante comenzaron a caer proyectiles enemigos,
la fusilería sembraba la muerte por doquier, muchos hombres caían heridos por
la mortal metralla. Por doquier se oían alaridos de dolor, que se solapaban con
los gritos de los que avanzaban. Pedro iba en uno de los pelotones que cubría
el flanco derecho, conforme iban avanzando, sus compañeros caían uno tras otro
derribados por el plomo enemigo .
Llegó un momento en que tuvo que tomar el mando del
mermado grupo dirigiendo valerosamente a sus hombres hasta llegar a una loma
donde se luchó cuerpo a cuerpo, los hombres, presos de la cólera o del miedo
atacaban sin piedad. Pedro recibió un fuerte culatazo en la cabeza que lo dejó
sin sentido, cayendo entre un abismo de horror compuesto de cadáveres, polvo y
sangre.
Cuando volvió en sí había perdido prácticamente la
noción del tiempo, no acertaba a calcular las horas que había pasado en el
mundo de las sombras, su aturdimiento se acrecentó cuando vio el tétrico
espectáculo que le rodeaba: cientos de cadáveres yacían destrozados, las
bayonetas aún manchadas de sangre caliente, despedían leves destellos cedidos por el liviano sol que alcanzaba su
cenit.
Pedro se incorporó con dificultad y fue a buscar
agua al arroyuelo para lavarse la brecha que tenía en la frente.
Mientras esquivaba los cuerpos sin vida se
preguntaba a si mismo si lo que estaba viendo era real, pues seguía aturdido
del golpe.
Súbitamente escuchó unos gemidos, se acercó y pudo
ver a un joven jadeante que tenía la pierna izquierda destrozada por la
metralla; sin dudar Pedro se aproximó y observó la herida, el caído estaba
obnubilado por la pérdida de sangre pero reaccionó al ver a aquel extraño
dirigirse abiertamente hacia él, pues era del bando contrario. Percatado del
temor del herido y con tono suave pero firme le dijo: - No te asustes, no voy a
hacerte ningún daño.
Dicho esto
trató de vendarle la pierna para paliar la hemorragia y le dio de beber de su
cantimplora. Sin pensarlo dos veces abandonó al herido y se dirigió a sus
líneas para buscar ayuda, ya no veía los cadáveres o los socavones de las
bombas ni le aturdía el olor a pólvora, corría desesperadamente impulsado por
una fuerza desconocida.
Por fín
encontró un hospital de campaña cuyo personal se encontraba muy atareado
atendiendo a la masa ingente de heridos.
A duras penas
y tras mucho insistir consiguió una ambulancia y se dirigieron donde había
quedado el herido. Cuando llegaron éste estaba prácticamente en estado de shock
.El sanitario le argumentó que requería una transfusión urgente pero que
carecían de sangre.
Pedro,
haciendo gala nuevamente de la nobleza de sus principios y dado que era donante
universal, le dijo que procediera a extraerle el líquido vital para salvar la
vida del moribundo.
Afortunadamente se disponía del equipo necesario y
tras unos minutos que a Pedro le parecieron los más intensos y útiles de su
vida, el joven empezó a recuperar el conocimiento y el donante pudo
preguntar:-¿Cúal es tu nombre?
· Me llamo Juan, pero ante todo quiero agradecerte lo que has hecho.
· No importa, en realidad soy yo el que tiene que dar gracias por
haberte encontrado, al verte he vuelto a ser yo mismo y no la máquina de matar
que creía que era; por fín he vuelto a la luz.
· Me agrada que pienses así, la guerra nos está transformando, es como
si el instinto animal se apoderase de nosotros y perdiéramos la condición
humana, dijo Juan.
· Es lamentable, parece como si cada uno de nosotros llevásemos una
bolsa donde están guardados el odio y la maldad y cuando se desatan son
incontrolables.
· ¿Por qué hemos de matarnos unos a otros?, increpó el herido.
· Juan, este problema existe desde que el hombre surgió como especie y
se ha mantenido hasta nuestros días. No ha tenido solución. Son muchos los que
han buscado una respuesta, sin resultado; yo pienso que habría que analizar la
naturaleza humana, algunos grandes pensadores creen que el hombre es así por
esencia, perverso y egoísta, ya Plauto y después Hobbes dijeron que “EL HOMBRE ES UN LOBO PARA EL
HOMBRE”.
Asombrado por el valor humano de su antiguo enemigo
afirmó Juan: - Es triste que sea así
pero yo no pienso categóricamente que el hombre por naturaleza sea perverso
sino que por una serie de circunstancias de diversa índole, unas veces porque
ambicionamos la riqueza o las posesiones de otros, otras veces por las
distintas creencias religiosas, incluso el analfabetismo y la incultura del
pueblo que es aprovechado por algunos fanáticos para arrastrar a las masas lo
que nos lleva a esta barbarie.
Sin embargo cuando acabe esta guerra todos debemos
reflexionar sobre lo que hemos hecho para evitar en lo sucesivo que el hombre
se destruya a si mismo.
De esta forma y después de tan cruenta lucha los dos
antiguos enemigos y nuevos camaradas unidos por la misma sangre volvieron a
encontrarse a si mismos como hombres, dos hombres que unas horas antes se
habrían despedazado son capaces nuevamente de pensar y obrar como seres humanos
dotados de razón, pero de una razón liberada de odio y rencor.


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