lunes, 22 de noviembre de 2021

 



                      DOS CAMARADAS




                                                                                             Félix E. Vázquez León




Aquel día comenzó gris y gélido, como si el alba quisiera corroborar con su amarga estampa la tragedia que se avecinaba.

El cielo también quería colaborar en reflejar el dramático presagio, cubierto y nuboso, apenas dejaba pasar unos livianos rayos que formaban cárdenas estrías de color en los nimboestratos. Apenas algún ave solitaria se aventuraba a sobrevolar aquel paisaje donde la ausencia de viento acrecentaba más la tensión electrizante del aire.


El terreno era duro, volcánico, formado por basaltos y gneis del Jurásico. En las cercanas montañas  se divisaban las nieves del incipiente invierno que hundían sus raíces en las escarpadas rocas.La vegetación, pobre, se escondía en zonas donde los detritus de las rocas eran menos densos, sólo se distinguían aisladas masas verdes pobladas por musgos, ,jaras y matorral bajo entremezclados con algunos árboles de especies caducifolias.

En esta situación y ambiente se encuentran dos grupos armados enemigos  que de un momento a otro se espera que entren en combate. En uno y otro bando se observan a los hombres moverse guiados por una fuerza que se podría calificar de sobrehumana. Sus patéticos cuerpos aparecían delirantes, semiescondidos en las trincheras,  sus pómulos salientes bastaban para sellar en su rostro una expresión fantasmagórica de hambre, sed y odio.

 

La quietud de los atrincherados sólo era interrumpida de vez en cuando por algún mensajero que corría raudo o de algún vehículo que audazmente se  aventuraba a ponerse a tiro de las líneas enemigas para abastecer a los observadores avanzados.

No existía actividad palpable en aquellas masas de hombres que pronto iban a enfrentarse con la muerte.

Una vaguada dividía ambos bandos, por ella discurría un arroyuelo cuyas cristalinas aguas acogían a algunos pajarillos que iban a beber en su lecho, sin sospechar que iban a ser inocentes espectadores de un episodio fatal.


En uno de los bandos se encuentra el cabo Pedro Claramonte, un chico de veintidós años que se encontraba cursando estudios de arquitectura cuando estalló la guerra.

Pedro, al igual que sus compañeros, espera de un momento a otro la voz firme de su jefe ordenando el ataque. Hasta ahora había sido un hombre pacífico y sencillo, dedicado a sus estudios, nunca le interesó la política ni se había involucrado en actividades sindicales o revueltas estudiantiles. Siempre había tenido Pedro un carácter alegre y extrovertido, pero en los dos años que llevaba en campaña se había transformado en un individuo taciturno y reservado, sobre todo a partir del día que recibió la noticia trágica de la muerte de sus padres en un bombardeo. Sus ideas acerca de la  vida y de la muerte, del bien y del mal habían sufrido un giro radical; su vitalismo exacerbado se trocaba en pensamientos  derrotistas, la larga guerra había hecho mella en su mente y en su alma, actuaba mecánicamente, siguiendo siempre las mismas consignas.

 Se estremecía imaginando si volvería a ver de nuevo el mundo que dejó: su ciudad, sus amigos...  a veces se cernían sobre él perplejos impulsos de ánimo mezclados con vagas ilusiones que embargaban su espíritu pero que se desvanecían al momento, sucumbiendo de nuevo en una nube de soledad, perdiendo la mirada cansina  y triste en el horizonte.

Recordaba cálidamente a sus amigos de la infancia, de la niñez vivida en un clima de paz y felicidad, también se le empañaba la mente con el grácil recuerdo de su prometida que esperaba siguiera con vida.


De repente una voz viva y poderosa penetró como un estilete en sus oídos, violando sus pensamientos; era la voz del capitán ordenando el asalto, automáticamente una horda salvaje y autómata respondió sin reparos, saltando de las trincheras dominados por una histeria colectiva que vomitaba gritos de odio y venganza.

Al instante comenzaron a caer proyectiles enemigos, la fusilería sembraba la muerte por doquier, muchos hombres caían heridos por la mortal metralla. Por doquier se oían alaridos de dolor, que se solapaban con los gritos de los que avanzaban. Pedro iba en uno de los pelotones que cubría el flanco derecho, conforme iban avanzando, sus compañeros caían uno tras otro derribados por el plomo enemigo .

Llegó un momento en que tuvo que tomar el mando del mermado grupo dirigiendo valerosamente a sus hombres hasta llegar a una loma donde se luchó cuerpo a cuerpo, los hombres, presos de la cólera o del miedo atacaban sin piedad. Pedro recibió un fuerte culatazo en la cabeza que lo dejó sin sentido, cayendo entre un abismo de horror compuesto de cadáveres, polvo y sangre.

Cuando volvió en sí había perdido prácticamente la noción del tiempo, no acertaba a calcular las horas que había pasado en el mundo de las sombras, su aturdimiento se acrecentó cuando vio el tétrico espectáculo que le rodeaba: cientos de cadáveres yacían destrozados, las bayonetas aún manchadas de sangre caliente, despedían leves destellos  cedidos por el liviano sol que alcanzaba su cenit.

Pedro se incorporó con dificultad y fue a buscar agua al arroyuelo para lavarse la brecha que tenía en la frente.

Mientras esquivaba los cuerpos sin vida se preguntaba a si mismo si lo que estaba viendo era real, pues seguía aturdido del golpe.

Súbitamente escuchó unos gemidos, se acercó y pudo ver a un joven jadeante que tenía la pierna izquierda destrozada por la metralla; sin dudar Pedro se aproximó y observó la herida, el caído estaba obnubilado por la pérdida de sangre pero reaccionó al ver a aquel extraño dirigirse abiertamente hacia él, pues era del bando contrario. Percatado del temor del herido y con tono suave pero firme le dijo: - No te asustes, no voy a hacerte ningún daño.

 Dicho esto trató de vendarle la pierna para paliar la hemorragia y le dio de beber de su cantimplora. Sin pensarlo dos veces abandonó al herido y se dirigió a sus líneas para buscar ayuda, ya no veía los cadáveres o los socavones de las bombas ni le aturdía el olor a pólvora, corría desesperadamente impulsado por una fuerza desconocida.

 Por fín encontró un hospital de campaña cuyo personal se encontraba muy atareado atendiendo a la masa ingente de heridos.

 A duras penas y tras mucho insistir consiguió una ambulancia y se dirigieron donde había quedado el herido. Cuando llegaron éste estaba prácticamente en estado de shock .El sanitario le argumentó que requería una transfusión urgente pero que carecían de sangre.

 Pedro, haciendo gala nuevamente de la nobleza de sus principios y dado que era donante universal, le dijo que procediera a extraerle el líquido vital para salvar la vida del moribundo.

Afortunadamente se disponía del equipo necesario y tras unos minutos que a Pedro le parecieron los más intensos y útiles de su vida, el joven empezó a recuperar el conocimiento y el donante pudo preguntar:-¿Cúal es tu nombre?

·   Me llamo Juan, pero ante todo quiero agradecerte lo que has hecho.


·   No importa, en realidad soy yo el que tiene que dar gracias por haberte encontrado, al verte he vuelto a ser yo mismo y no la máquina de matar que creía que era; por fín he vuelto a la luz.

·   Me agrada que pienses así, la guerra nos está transformando, es como si el instinto animal se apoderase de nosotros y perdiéramos la condición humana, dijo Juan.

·   Es lamentable, parece como si cada uno de nosotros llevásemos una bolsa donde están guardados el odio y la maldad y cuando se desatan son incontrolables.

·   ¿Por qué hemos de matarnos unos a otros?, increpó el herido.

·   Juan, este problema existe desde que el hombre surgió como especie y se ha mantenido hasta nuestros días. No ha tenido solución. Son muchos los que han buscado una respuesta, sin resultado; yo pienso que habría que analizar la naturaleza humana, algunos grandes pensadores creen que el hombre es así por esencia, perverso y egoísta, ya Plauto y después Hobbes dijeron que “EL HOMBRE ES UN LOBO PARA EL HOMBRE”.

Asombrado por el valor humano de su antiguo enemigo afirmó Juan:  - Es triste que sea así pero yo no pienso categóricamente que el hombre por naturaleza sea perverso sino que por una serie de circunstancias de diversa índole, unas veces porque ambicionamos la riqueza o las posesiones de otros, otras veces por las distintas creencias religiosas, incluso el analfabetismo y la incultura del pueblo que es aprovechado por algunos fanáticos para arrastrar a las masas lo que nos lleva a esta barbarie.

Sin embargo cuando acabe esta guerra todos debemos reflexionar sobre lo que hemos hecho para evitar en lo sucesivo que el hombre se destruya a si mismo.


De esta forma y después de tan cruenta lucha los dos antiguos enemigos y nuevos camaradas unidos por la misma sangre volvieron a encontrarse a si mismos como hombres, dos hombres que unas horas antes se habrían despedazado son capaces nuevamente de pensar y obrar como seres humanos dotados de razón, pero de una razón liberada de odio y rencor.