lunes, 21 de abril de 2025

                                                                             

                                ISABEL DE CASTILLA 

           Y   LA FORJA DEL                         DESCUBRIMIENTO

AUTOR  Félix E. Vázquez León

 

 
                                                                                   


  

Era una fría mañana de enero, aunque se abrían paso tibios rayos de sol por la vega granadina, la escarcha helada de la superficie de los abrevaderos atestiguaba la gélida noche pasada. Entre el bullicio estridente de hombres, caballos, perros, ganado y un sinfín de aperos y artilugios bélicos, deambula algo torpe un hombre aún no viejo pero ya en la madurez y más acostumbrado a sortear olas marinas que el desorden del campamento de los Reyes Católicos, a la sazón llamado Santa Fe.

Un tosco guardia advirtió al visitante que debería esperar la audiencia en la antesala de la tienda real, señalando con su alabarda un vetusto escaño en el que sentarse.

Al poco de tomar asiento, fruto quizá del nerviosismo o del hastío, empezaron a asaltarle todo tipo de pensamientos y recuerdos de su ya largo y malogrado devenir por varias cortes europeas y de nobles castellanos, con el objeto de presentar su controvertido proyecto de buscar una ruta occidental hacia las Indias.

Recordó el rechazo de su propuesta en 1484 por parte de Juan II de Portugal, ocho años antes, pese al buen predicamento que tenía el genovés con la corte lusitana.

Asimismo  rememoró, con cierta pesadumbre, la primera vez en ser recibido por los reyes de Castilla y Aragón dos años más tarde; tras una cansina ruta desde Córdoba hasta el palacio arzobispal de Alcalá de Henares, donde Dª Isabel se dignó a recibirle gracias a   la influencia de un amigo monje de La Rábida; tras escuchar con interés su proyecto prometió someter el mismo a una junta de expertos cosmógrafos que tras meses de estudio informaron negativamente sobre el mismo.

D. Fernando fue escéptico desde el principio, mas la Reina quedó gratamente impresionada, sin   embargo tuvo que rechazar el plan hasta un momento más oportuno dado que ambos habían priorizado la reconquista de los últimos territorios sarracenos en la península, la cual consumía todas sus energías y recursos.

También vino a su memoria como este fracaso se repitió doblemente en 1488 cuando envió a su hermano Bartolomé a plantear su propuesta en Francia e Inglaterra.

Pero algo sostenía su voluntad férrea para no desfallecer, después de tantos años lo que mantenía viva la esperanza de Colón era la chispa que había vislumbrado en la reina castellana, máxime cuando tras interesarse vivamente el Conde-Duque de Medinaceli por el plan colombino, la soberana lo desautorizó con vehemencia, comunicándole que era un proyecto de la corona; D. Luis de la Cerda y de la Vega, desde su baluarte de El Puerto de Santa María, con seguridad podría haber sido el patrocinador del descubrimiento ya que contaba con los medios, fondos y la actitud favorable que requieren las grandes gestas humanas.

                                    

 

De repente una voz grave y firme violó los pensamientos de Colón, era Luis de Santángel, escribano real y asesor de confianza de los reyes, que informaba al visitante que sus majestades lo recibirían de inmediato; un paje rubio y muy alto abrió una pesada cortina bordada con los escudos de Castilla, León y las barras de Aragón que permitió al convocado acceder a otra estancia sobriamente decorada en la cual se encontraban los reyes Fernando e Isabel, sentados en sendos sillones de cuero ricamente repujado, a ambos lados se situaban dos braseros que aportaban calor agradable en aquella fría mañana de invierno.

Una vez realizadas las presentaciones por parte de Santángel, el marino hizo una reverencia y esperó a que hablasen los monarcas.

-“Os saludo señor Colón, después de tantos años veo que seguís con la misma propuesta que nuestros geógrafos ya juzgaron improcedente”, tomó la palabra Fernando II de Aragón.

-“D. Fernando, esposo mío, dejemos que el señor Cristóbal Colón explique las condiciones nuevamente de su proyectada travesía, que bien seguro que después de tan larga espera y tantos trabajos al menos merece nuestra atención”, intervino Dª Isabel.

-“Sea pues señor Colón, mostrad vuestro plan que imagino no será diferente al que ofrecisteis al rey de Portugal “, autorizó el rey.

El genovés agradeció sinceramente el gesto de los reyes y sin perder un instante comenzó su exposición en un aceptable castellano apoyándose en mapas, cartas de marear y pergaminos plagados de ininteligibles cálculos náuticos.

Era consciente que en la primera entrevista, allá por 1486, no despertó más que frío desdén en D. Fernando y curiosidad en Dª Isabel pero, buen conocedor de las personalidades de los soberanos, esta vez estaba dispuesto a remover los más profundos sentimientos de ambos,  especialmente de la reina.

No sólo apelaría al móvil económico de la empresa, al contar con los beneficios ingentes del comercio de las especias en una ruta más corta y sin la rivalidad portuguesa, también al carácter sagrado de la misma al poder evangelizar a los pobladores de las nuevas tierras.


 


Tras la detallada exposición, los soberanos despidieron al marino invitándole a permanecer en el campamento mientras estudiaban el proyecto y tomaban una decisión al respecto.

Esta vez ambos gobernantes quedaron muy receptivos y abiertos a iniciar negociaciones conducentes a alumbrar el viaje.

D. Fernando, otrora reacio, no estaba totalmente convencido pero sí interesado  ya que la reciente rendición  de Boabdil en Granada el 2 de enero de 1492 había dejado sus manos libres para iniciar nuevas conquistas y la idea de Dios y lograr grandes  beneficios discurrían por el mismo sendero en la mente del monarca aragonés, ferviente católico y consumado guerrero.                                                                                                                   

Soñaba -como cualquier príncipe de la época- con la conquista de Jerusalén, idea esbozada por Colón.

No era una aspiración absurda ya que su abuelo, Alfonso V “El Magnánimo”, había conquistado Nápoles, corona que tenía adscritos los derechos dinásticos de la ciudad santa, incluso el futuro almirante habló de planes de regresar a España a través de Jerusalén abriendo así una ruta de ataque por la retaguardia.

Pero si alguien quedó convencida de las bondades del proyecto fue la reina Isabel, su anterior curiosidad expectante trocó en certeza rayana en entusiasmo y así se lo confió a su esposo:

-“Amado esposo y señor mío, el plan de Colón considero que es un acto de gratitud a Dios por la victoria de Granada y estoy segura que ha sido la mano divina la que nos ha puesto a este hombre en nuestro camino después de haberlo ofrecido a otros reyes y nobles señores”.

-“Bienaventurada esposa mía, bien sé de vuestro interés por la empresa del genovés y le agradezco sus esfuerzos al colaborar con nuestro ejército en el sitio de Baza pero bien sabéis, mi señora, que las arcas de Castilla están vacías y las de Aragón están comprometidas en nuestras posesiones en Italia donde el rey francés Carlos VIII tiene puesto el ojo y atisbo que no ha de pasar mucho para que se inicie el conflicto.

Además  nuestros cartógrafos tienen dudas sobre la exactitud de los cálculos y no estoy dispuesto a arriesgar hacienda y buenos hombres en un viaje de tan ignoto destino”, razonó Fernando.

-“Bien mi señor, es cierto que el tesoro real está agotado pero no es menos cierto que tengo gran fe en que Dios velará por el éxito del viaje y de las nuevas almas por convertir al cristianismo. Ya buscaré la forma de costear la expedición y si es necesario empeñaré mis joyas”, aseguró la reina.

-“De acuerdo con vos, no me opondré a vuestro deseo, el patronazgo de la expedición queda bajo el auspicio de Castilla”, replicó el aragonés.

De esta forma se acordó que se iniciasen negociaciones entre fray Juan Pérez, representante de Colón y Juan de Coloma, eficaz secretario de los reyes.

 

     Éstas fueron arduas, laboriosas y por utilizar un término marino, con muchos escollos.                      .

Para solventar el difícil asunto de la financiación se ideó la encomienda de un servicio- avalado por la monarquía- donde ciudadanos particulares invertían su dinero, los aproximadamente dos millones de maravedíes del coste del viaje, los aportaron prestamistas aragoneses (entre ellos Santángel, tesorero de la Santa Hermandad) así como  el  florentino  Juanotto Berardi que prestó a Colón sobre una cuarta parte del total.

Para la corona no resultó gravoso ya que se acordó que la villa de Palos debía de aportar dos carabelas por motivo de sanción de la autoridad; la nave restante sería la nao Santa María, propiedad de Juan de la Cosa y procedente del gaditano Puerto de Santa María.

El navegante debió congeniar mejor con D.ª Isabel que con D. Fernando y no es difícil imaginar a la reina escuchar asombrada las propuestas de aquel,  el cual  debía poseer gran labia y atractivo personal, sin duda debió existir una gran complicidad entre ellos que a algunos personajes cercanos les podría parecer algo más que una relación entre soberana y vasallo, hecho que hubiese sido imposible ya que la reina católica bebía los vientos por su esposo y el almirante sólo estuvo enamorado de sí mismo.

Se acordó que al descubridor le correspondería una décima parte de las riquezas o mercancías obtenidas, derecho de jurisdicción sobre la explotación comercial y el privilegio para participar con una octava parte en las empresas mercantiles de las nuevas tierras con igual porción de beneficio.

La gran dificultad surgió en los títulos exigidos por el genovés para sí y  sus  descendientes,  quería el cargo de almirante de la mar océano y virrey y gobernador general de todas las tierras descubiertas. Esto chocó frontalmente con las nuevas ideas de los reyes católicos de menoscabar el poder de la nobleza y los señores feudales centralizando el poder en la corona.

Colón muy contrariado y ofendido con la indisposición y la tardanza en aceptar sus condiciones amenazó con llevar el plan al rey francés, alertado Luis de Santángel comunicó este hecho a Dª Isabel, llegando a persuadirla que se cometería un grave error en dejar marchar al genovés con un proyecto en que la corona arriesgaba poco y se podían perder ingentes riquezas y gran servicio a la Iglesia y lo que era peor: que otro príncipe europeo se hiciera con el proyecto con el consiguiente perjuicio futuro a las coronas de Castilla y Aragón.

 Fue tal el poder de convicción del alto funcionario que la reina ordenó ir a buscar a D. Cristóbal que ya se encontraba a más de tres leguas en el pueblo de Pinos Puente.

De esta manera, tras costosas deliberaciones se firmaron las capitulaciones colombinas en Santa Fe el 17 de abril de 1492 según las cuales Cristóbal Colón obtenía todos los cargos y prebendas solicitados.

Los reyes siempre defenderían al almirante en sus reclamaciones y lo trataron con justicia en las acusaciones de las que fue objeto posteriormente y que no fueron cuestión baladí.

  

En la memoria del descubridor siempre quedó la imagen de una excelente reina y gran mujer que al final supo imponer sus creencias y su fe ante todas las adversidades.

Poco antes de la muerte de la soberana, el almirante ya enfermo, escribía a su hijo Diego: “muchos correos vienen cada día y las nuevas son tales que se me encrespan los cabellos de oír lo contrario de lo que mi alma desea, rezo a la Santa Trinidad de dar salud a la reina, nuestra señora, porque con ello se asiente lo que ya se ha levantado”.

El 2 de diciembre de 1504 volvió a escribir a su hijo cuando se enteró del fallecimiento de su mayor protectora: ”su vida siempre fue católica y santa y pronta a las cosas de su santo servicio y por eso se debe de creer que está en la  santa gloria  y fuera del desdén de este áspero y fatigoso mundo”.