viernes, 3 de diciembre de 2021


           SEMBLANZA DE UN ZAPADOR LAUREADO

                                       sargento de Ingenieros  Juan Espinosa Tudela

  

                                                  


                                                                                             

  Dedicado a todos los que sirvieron en algún momento de sus vidas en el Regimiento de Ingenieros nº2, con guarnición en Sevilla.

 

Este regimiento procede del 3er. Regimiento de Zapadores Minadores creado en 1875, cuyo primer batallón fue acuartelado en el Cuartel de San Hermenegildo, en Sevilla. Participó en la guerra de Cuba hasta la firma de la "Paz de París" en 1898, fecha en la que las tropas de Ingenieros fueron repatriadas.

En 1904 se produjo  la disolución del 3er. Regimiento de Zapadores Minadores, y su primer batallón, con la bandera del Regimiento, pasó a formar parte del Regimiento de Ingenieros núm. 3, de nueva creación. En 1909 ocupó el acuartelamiento de "La Borbolla", cuartel de rancio abolengo en Sevilla y todavía en pié. En 1912 mantuvo el nombre, pero obtuvo otra organización.

En junio de 1925 las fuerzas de este Regimiento fueron distinguidas con la Medalla Militar colectiva por el valor y eficacia demostrados en los combates de Tizza (Marruecos).

Con la reorganización que llevó a cabo el gobierno de la Segunda República, el regimiento quedó reducido a un Batallón, con el nuevo nombre de Batallón de Zapadores Minadores núm. 2. Sus compañías números 4ª y 14ª ostentan la Medalla Militar colectiva en sus banderines por sus acciones en la guerra civil.

Finalizada la guerra civil, en octubre de 1939 el Batallón se transformó de nuevo en Regimiento Mixto de Ingenieros núm. 2.

En 1977 inició su traslado a la base de El Copero (Sevilla). En 1985 pasó a denominarse Regimiento de Ingenieros núm. 2.

El 31 de diciembre de 1995 fue disuelto como consecuencia de la aplicación del Plan NORTE.

Sus instalaciones fueron ocupadas por el actual Regimiento de Guerra Electrónica 32, unidad de nueva creación y heredera del legado de las anteriores.

 Fachada del acuartelamiento “La Borbolla”.

                                     

 El siguiente relato quizás adolezca de la elegancia de la prosa novelada, mas su modesta intención no es la de recrear al lector con grandiosas hazañas reales o ficticias sobre el valor o el amor al terruño patrio, sino la de ensalzar la figura de Juan Espinosa Tudela, laureado zapador en la guerra de Cuba, cuya actitud y proceder es sólo un ejemplo de aquellos hombres de raza, austeros y honrados, que no dudaron en dar lo mejor de sí mismos cuando la Patria les exigió los mayores sacrificios, aún en las condiciones más penosas que se puedan imaginar.

 

 El azar quiso que la historia de nuestro héroe fuese rescatada de un polvoriento archivo regimental, olvidado de la historia y de los hombres.

 

Nació nuestro protagonista en Lorca-Murcia- el 21 de mayo de 1874, en el seno de una familia pobre que no pudo darle estudios.

 Trabajó como jornalero hasta su ingreso en filas, la mayoría de los reclutados en esa época eran muchachos enclenques de poco más de un metro de estatura, castigados desde la infancia por el hambre y las enfermedades, cuyas familias no podían reunir las 1500 pesetas para la redención a metálico del servicio militar que permitía la injusta Ley de Reclutamiento y Reemplazo de 1885.

 

Quedó filiado en el reemplazo de 1893 para servir durante 12 años, siendo destinado al tercer Regimiento de Zapadores-Minadores de Sevilla, incorporándose al mismo el 8 de marzo de 1894.

 

Al estallar la insurrección cubana en 1895 forma parte del batallón expedicionario, saliendo de Cádiz el 31 de julio y llegando a La Habana el 14 de agosto, aposentándose su compañía en Puerto Príncipe(Camagüey) el día 22 del mismo mes.

 

El ejército colonial español, en defensa de la integridad nacional, se desangraba en la lucha contra los revolucionarios, alentados desde los E.E.U.U. y cuyos mejores aliados eran el insalubre clima y las enfermedades tropicales que se cebaban con los bisoños peninsulares.

 Insignes personajes como el General Martínez Campos y varias publicaciones de la época, denunciaron las privaciones de las tropas en la manigua cubana, enfermos de paludismo o disentería, alimentados con un puñado de galletas y faltos hasta de alpargatas de esparto para reponer las gastadas en las agotadoras marchas; de los 60.000 fallecidos entre 1895 y 1898, sólo 2.100 murieron en combate. El panorama que se encontró nuestro zapador era desolador.

 

Espinosa, como miembro de la 2ª cía., sirvió desde el 20 de agosto de 1895 a noviembre de 1898 en cuantas misiones le fueron encomendadas, entre ellas la construcción de fortines entre Puerto Príncipe y Nuevitas, barracones en San Lázaro, reparaciones de vías férreas e incluso combatir como infantería (aunque el General Weyler prohibió este tipo de misiones a tropas de ingenieros por la dificultad de reponer las bajas).

Fue en una de estas misiones donde Espinosa demostraría su bizarría.

 

 Una columna de la que formaba parte una sección de zapadores, fue designada para operar por orden del General de la División, Jiménez Castellanos, sobre Morinas.

 El día 9 de diciembre de 1895, una fracción de 72 hombres fue atacada mientras forrajeaban en el potrero “Congreso”, por una partida de 800 insurrectos; los españoles no se arredraron, vendiendo caras sus vidas al grito de “Viva España”. Espinosa, cogiendo el fusil de un compañero muerto, luchó bravamente al arma blanca, matando al teniente mambí Eugenio Recio e hiriendo a otros cuatro, hasta caer herido por golpe de machete.

 Hecho prisionero fue conducido junto con otros compañeros al campamento del gran caudillo Maceo, “el titán de bronce”, que le propuso abrazar la causa cubana, sobornándole con 5.000 duros y el empleo de capitán del ejército insurrecto; El cautivo rechazó vehementemente tales ofrecimientos, demostrando tal grandeza y patriotismo que despertó la generosidad y admiración del jefe mambí que liberó al bravo español y a todos sus compañeros.

 

Por esta acción se inició el juicio contradictorio para la concesión de la Cruz Laureada de San Fernando, regulada por ley de 18 de mayo de 1862, siendo instruido por el Cte. de E.M. D.Evaristo Casariego Chirlanda, según consta en la Orden General de la División de 13 de diciembre de 1895, resolviéndose el mismo con la concesión a Juan Espinosa Tudela de la prestigiosa recompensa en categoría de 2ªclase, pensionada con 400 pesetas, según D.O. nº129 de 11 de junio de 1896.

Este hecho, comunicado por el Ministro de la Guerra al Alcalde de Lorca, fue recogido con gran regocijo en la prensa local.

 

 Pero en la isla antillana la insufrible lucha continúa y nuestro héroe sigue destacando por su valía e infatigable pundonor, por lo que es recompensado con la Cruz de Plata al mérito Militar con distintivo rojo de fecha de 31 de enero de 1896.

 

 Toma parte durante el mes de abril en encarnizados combates en Guanabano, Santa Rosa, La Ceiba y en otras localidades.

 Con fecha 1 de mayo de 1896 es promovido a cabo por méritos de guerra.

 

 A partir de junio la lucha se intensifica con la presencia en Puerto Príncipe de Máximo Gómez, general en jefe del ejército insurrecto, que puso en jaque a las tropas de la división de Jiménez Castellanos.

 La columna de la que forma parte la 2ª cía. de Espinosa, interviene en sucesivos combates en Higones, Delirio y Cuevitas, hasta llegar a Cascorro, levantando el 6 de octubre de 1896 el cerco que habían impuesto los separatistas a una compañia de infanteria española que guarnecía el poblado.

 Nuevamente uno de los destacados en los combates fue nuestro laureado zapador, que obtuvo una nueva Cruz de plata al mérito Militar con distintivo rojo fechada el 9 de junio de 1897(D.O.nº123) por su comportamiento en el levantamiento del sitio de Cascorro, lugar que hizo famoso con su gesta otro bravo hijo de España, el cabo Eloy Gonzalo del Regimiento de Mª Cristina, igualmente condecorado en aquella acción e inmortalizado por el pueblo de Madrid en una de sus más castizas plazas.

 

 Durante 1897 y encuadrado en la 2ª cía. continuó colaborando en numerosos trabajos de fortificación, construcción de barracones, blocaos y campos minados en Jaramaguacan y San Lázaro y en mayo combatió en un operación de limpieza sobre San Jerónimo, donde el enemigo atacó el fortín construido en Yeguas por la sección de Espinosa y donde hubo 7 muertos y 30 heridos por parte española, contabilizándose más de 47 muertos entre los rebeldes cubanos.

 

 Nuestro hombre finalizó el año habiendo sido promovido a sargento por méritos de guerra con fecha de 30 de septiembre de 1897.

 

 Ya en 1898 la guerra se recrudece por la ignominiosa entrada de los E.E.U.U. en el conflicto, los independentistas ven la oportunidad de desligarse de la corona española con la ayuda del incipiente coloso del norte, redoblando sus acciones.

 La unidad de Espinosa continúa ejecutando trabajos propios del Arma y participando en operaciones con diversas columnas, dedicándose especialmente a la reparación de las vías férreas de Nuevitas, saboteadas continuamente por los insurrectos.

  Una vez destruida la escuadra de Cervera y rendida la plaza de Santiago, la 2ª compañía de zapadores recibe la orden de fortificar Puerto Príncipe, en previsión de que la guerra con los norteamericanos se alargase.

Una vez firmado el armisticio el 13 de agosto, permaneció allí hasta el 7 de octubre en que marchó a Nuevitas, prestando servicios de guarnición hasta el 28 de noviembre en que fue repatriada la unidad en el vapor San Agustín, llegando a Málaga el 14 de diciembre y el 21 del mismo a Sevilla .

 Nuestro héroe pudo ya abrazar a los suyos en su tierra, tras más de tres años de penalidades y la angustiosa pesadumbre de haber perdido los últimos restos del Imperio colonial.

 El día 1 de junio de 1899 marcha a Cartagena pasando a la reserva activa,  obteniendo la licencia absoluta por los abonos de la campaña el 1 de agosto de 1903.

 

 Pero Espinosa tenía ya grabado en su espíritu la noble vocación de servir a su patria con las armas y solicita hasta por tres veces reingresar al servicio activo, dirigiéndose incluso en la última, cursada en  junio de 1903, a la Reina Regente María Cristina, tras no haber obtenido respuesta favorable en las anteriores instancias  según escritos fechados el 24 de mayo y 23 de junio de 1902.

Así tras un interminable devenir entre distintos negociados del Ministerio de la Guerra, su solicitud pasa por la Sección de Ingenieros del Ejército, la Capitanía General de Valencia, Departamento de reserva de Ingenieros, tercer Rgtº. de Zapadores-Minadores y Sección de E.M. y Campaña.

Por fin el Consejo Supremo de Guerra y Marina contesta que no está contemplado en la legislación el reingreso desde esa situación, pero atendiendo a las extraordinarias circunstancias concurrentes en el solicitante se consideraría su petición, resolviendo que debe ser examinado de escritura y conocimientos militares para volver a ejercer el empleo de sargento en el Cuerpo de Ingenieros.

 El Capitán General de Valencia, con fecha de 29 de enero de 1904, comunica que en cumplimiento de la orden se reunió el tribunal nombrado para examinar al sargento Espinosa y que habiendo comparecido, el interesado renunció al examen.

 

 El 14 de abril del mismo año fue admitido en el Cuerpo de Carabineros del Reino por el tiempo de 4 años, siendo al año siguiente, por su intachable conducta, recompensado con el premio a la constancia que conllevaba el abono de una peseta mensual.

 

 Pero la lista de hechos encomiables de nuestro hombre no termina aquí. El 30 de agosto de 1905 salvó de morir ahogado y con riesgo de su vida, a un hombre en aguas del puerto de Cartagena, por lo que fue condecorado con la Cruz de la Beneficencia de 3ª clase por R.O. del Ministerio de Gobernación de 30 de octubre de 1906.

 

 El espíritu indomable de servicio a la Patria no habría de desfallecer en el antiguo zapador. Con ocasión del estallido del conflicto en Melilla en 1909 solicita a S.M. el Rey incorporarse como sargento en el ejército de operaciones en África. Una vez más la anquilosada burocracia, a pesar de los informes favorables de sus jefes, cercenó los anhelos de servicio a España con las armas del bravo Espinosa.

 

 Y así continuó prestando sus servicios, llegando a ser jefe de puesto en Beniel (Murcia), demostrando siempre su buen hacer y haciéndose querer de propios y extraños, hasta que en un aciago 26 de febrero de 1924 su noble y generoso corazón no resistió más.

  Como colofón a este modesto relato biográfico, reseñar la semblanza de un hombre que como tantos otros que sirvieron en la filas de nuestro ejército, no hicieron otra cosa que cumplir fielmente con su deber.

En palabras del ilustre marino Víctor Concas, estos hombres cumplieron sus cometidos en unas condiciones y en unas ocasiones en las que su sacrificio no era sólo estéril, sino completamente contrario a los intereses de España. 

No puede ser indiferente a los buenos españoles la memoria de unos valientes, que dieron todo por un ideal tan sagrado que mereciera el sacrificio del bien más preciado que en la mayoría de los casos era lo único que poseían: su vida.





AUTOR: Félix E. Vázquez León




lunes, 22 de noviembre de 2021

 



                      DOS CAMARADAS




                                                                                             Félix E. Vázquez León




Aquel día comenzó gris y gélido, como si el alba quisiera corroborar con su amarga estampa la tragedia que se avecinaba.

El cielo también quería colaborar en reflejar el dramático presagio, cubierto y nuboso, apenas dejaba pasar unos livianos rayos que formaban cárdenas estrías de color en los nimboestratos. Apenas algún ave solitaria se aventuraba a sobrevolar aquel paisaje donde la ausencia de viento acrecentaba más la tensión electrizante del aire.


El terreno era duro, volcánico, formado por basaltos y gneis del Jurásico. En las cercanas montañas  se divisaban las nieves del incipiente invierno que hundían sus raíces en las escarpadas rocas.La vegetación, pobre, se escondía en zonas donde los detritus de las rocas eran menos densos, sólo se distinguían aisladas masas verdes pobladas por musgos, ,jaras y matorral bajo entremezclados con algunos árboles de especies caducifolias.

En esta situación y ambiente se encuentran dos grupos armados enemigos  que de un momento a otro se espera que entren en combate. En uno y otro bando se observan a los hombres moverse guiados por una fuerza que se podría calificar de sobrehumana. Sus patéticos cuerpos aparecían delirantes, semiescondidos en las trincheras,  sus pómulos salientes bastaban para sellar en su rostro una expresión fantasmagórica de hambre, sed y odio.

 

La quietud de los atrincherados sólo era interrumpida de vez en cuando por algún mensajero que corría raudo o de algún vehículo que audazmente se  aventuraba a ponerse a tiro de las líneas enemigas para abastecer a los observadores avanzados.

No existía actividad palpable en aquellas masas de hombres que pronto iban a enfrentarse con la muerte.

Una vaguada dividía ambos bandos, por ella discurría un arroyuelo cuyas cristalinas aguas acogían a algunos pajarillos que iban a beber en su lecho, sin sospechar que iban a ser inocentes espectadores de un episodio fatal.


En uno de los bandos se encuentra el cabo Pedro Claramonte, un chico de veintidós años que se encontraba cursando estudios de arquitectura cuando estalló la guerra.

Pedro, al igual que sus compañeros, espera de un momento a otro la voz firme de su jefe ordenando el ataque. Hasta ahora había sido un hombre pacífico y sencillo, dedicado a sus estudios, nunca le interesó la política ni se había involucrado en actividades sindicales o revueltas estudiantiles. Siempre había tenido Pedro un carácter alegre y extrovertido, pero en los dos años que llevaba en campaña se había transformado en un individuo taciturno y reservado, sobre todo a partir del día que recibió la noticia trágica de la muerte de sus padres en un bombardeo. Sus ideas acerca de la  vida y de la muerte, del bien y del mal habían sufrido un giro radical; su vitalismo exacerbado se trocaba en pensamientos  derrotistas, la larga guerra había hecho mella en su mente y en su alma, actuaba mecánicamente, siguiendo siempre las mismas consignas.

 Se estremecía imaginando si volvería a ver de nuevo el mundo que dejó: su ciudad, sus amigos...  a veces se cernían sobre él perplejos impulsos de ánimo mezclados con vagas ilusiones que embargaban su espíritu pero que se desvanecían al momento, sucumbiendo de nuevo en una nube de soledad, perdiendo la mirada cansina  y triste en el horizonte.

Recordaba cálidamente a sus amigos de la infancia, de la niñez vivida en un clima de paz y felicidad, también se le empañaba la mente con el grácil recuerdo de su prometida que esperaba siguiera con vida.


De repente una voz viva y poderosa penetró como un estilete en sus oídos, violando sus pensamientos; era la voz del capitán ordenando el asalto, automáticamente una horda salvaje y autómata respondió sin reparos, saltando de las trincheras dominados por una histeria colectiva que vomitaba gritos de odio y venganza.

Al instante comenzaron a caer proyectiles enemigos, la fusilería sembraba la muerte por doquier, muchos hombres caían heridos por la mortal metralla. Por doquier se oían alaridos de dolor, que se solapaban con los gritos de los que avanzaban. Pedro iba en uno de los pelotones que cubría el flanco derecho, conforme iban avanzando, sus compañeros caían uno tras otro derribados por el plomo enemigo .

Llegó un momento en que tuvo que tomar el mando del mermado grupo dirigiendo valerosamente a sus hombres hasta llegar a una loma donde se luchó cuerpo a cuerpo, los hombres, presos de la cólera o del miedo atacaban sin piedad. Pedro recibió un fuerte culatazo en la cabeza que lo dejó sin sentido, cayendo entre un abismo de horror compuesto de cadáveres, polvo y sangre.

Cuando volvió en sí había perdido prácticamente la noción del tiempo, no acertaba a calcular las horas que había pasado en el mundo de las sombras, su aturdimiento se acrecentó cuando vio el tétrico espectáculo que le rodeaba: cientos de cadáveres yacían destrozados, las bayonetas aún manchadas de sangre caliente, despedían leves destellos  cedidos por el liviano sol que alcanzaba su cenit.

Pedro se incorporó con dificultad y fue a buscar agua al arroyuelo para lavarse la brecha que tenía en la frente.

Mientras esquivaba los cuerpos sin vida se preguntaba a si mismo si lo que estaba viendo era real, pues seguía aturdido del golpe.

Súbitamente escuchó unos gemidos, se acercó y pudo ver a un joven jadeante que tenía la pierna izquierda destrozada por la metralla; sin dudar Pedro se aproximó y observó la herida, el caído estaba obnubilado por la pérdida de sangre pero reaccionó al ver a aquel extraño dirigirse abiertamente hacia él, pues era del bando contrario. Percatado del temor del herido y con tono suave pero firme le dijo: - No te asustes, no voy a hacerte ningún daño.

 Dicho esto trató de vendarle la pierna para paliar la hemorragia y le dio de beber de su cantimplora. Sin pensarlo dos veces abandonó al herido y se dirigió a sus líneas para buscar ayuda, ya no veía los cadáveres o los socavones de las bombas ni le aturdía el olor a pólvora, corría desesperadamente impulsado por una fuerza desconocida.

 Por fín encontró un hospital de campaña cuyo personal se encontraba muy atareado atendiendo a la masa ingente de heridos.

 A duras penas y tras mucho insistir consiguió una ambulancia y se dirigieron donde había quedado el herido. Cuando llegaron éste estaba prácticamente en estado de shock .El sanitario le argumentó que requería una transfusión urgente pero que carecían de sangre.

 Pedro, haciendo gala nuevamente de la nobleza de sus principios y dado que era donante universal, le dijo que procediera a extraerle el líquido vital para salvar la vida del moribundo.

Afortunadamente se disponía del equipo necesario y tras unos minutos que a Pedro le parecieron los más intensos y útiles de su vida, el joven empezó a recuperar el conocimiento y el donante pudo preguntar:-¿Cúal es tu nombre?

·   Me llamo Juan, pero ante todo quiero agradecerte lo que has hecho.


·   No importa, en realidad soy yo el que tiene que dar gracias por haberte encontrado, al verte he vuelto a ser yo mismo y no la máquina de matar que creía que era; por fín he vuelto a la luz.

·   Me agrada que pienses así, la guerra nos está transformando, es como si el instinto animal se apoderase de nosotros y perdiéramos la condición humana, dijo Juan.

·   Es lamentable, parece como si cada uno de nosotros llevásemos una bolsa donde están guardados el odio y la maldad y cuando se desatan son incontrolables.

·   ¿Por qué hemos de matarnos unos a otros?, increpó el herido.

·   Juan, este problema existe desde que el hombre surgió como especie y se ha mantenido hasta nuestros días. No ha tenido solución. Son muchos los que han buscado una respuesta, sin resultado; yo pienso que habría que analizar la naturaleza humana, algunos grandes pensadores creen que el hombre es así por esencia, perverso y egoísta, ya Plauto y después Hobbes dijeron que “EL HOMBRE ES UN LOBO PARA EL HOMBRE”.

Asombrado por el valor humano de su antiguo enemigo afirmó Juan:  - Es triste que sea así pero yo no pienso categóricamente que el hombre por naturaleza sea perverso sino que por una serie de circunstancias de diversa índole, unas veces porque ambicionamos la riqueza o las posesiones de otros, otras veces por las distintas creencias religiosas, incluso el analfabetismo y la incultura del pueblo que es aprovechado por algunos fanáticos para arrastrar a las masas lo que nos lleva a esta barbarie.

Sin embargo cuando acabe esta guerra todos debemos reflexionar sobre lo que hemos hecho para evitar en lo sucesivo que el hombre se destruya a si mismo.


De esta forma y después de tan cruenta lucha los dos antiguos enemigos y nuevos camaradas unidos por la misma sangre volvieron a encontrarse a si mismos como hombres, dos hombres que unas horas antes se habrían despedazado son capaces nuevamente de pensar y obrar como seres humanos dotados de razón, pero de una razón liberada de odio y rencor.